Dulce señora de ébano,
de silenciosa figura,
de fantasmas
vives presa.
Lacónica sombra cautiva,
de censurados deseos y de
lascivas
miradas, abandonada de sueños.
Vestida de incienso y oro,
de purpurina prendida,
de tu jardín vives presa,
como una fuente divina.
Malaya sea la hora,
que floreció tu jardín,
maldito moro de harenes,
que apagara tu candil,
que cegó tu jazmín blanco y a tu
aurora puso fin.

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